Don Miguel elaboraba el carbón de manera artesanal cada mañana. Poco importaba el calor o el frío bajo el techo de lámina donde el pobre hombre picaba con dureza el tizón. Era eso o morirse de hambre.

Su hijo, un chico delgado y alto, llenaba sus bolsas de carbón para ser repartidas. Le decían Angelito. Entendía el futbol como cualquier niño argentino que corre después de clases para cambiar los cuadernos por el balón. Ángel sufrió mucho en casa por la falta de dinero, pero el poco que había era destinado para comprar sus botines. Sus padres sabían lo importante que eran para él, aunque muchas veces no había regalos para sus hermanas. Su gusto por este deporte fue herencia de su padre, quien por una lesión en la rodilla vio truncado su sueño de ser futbolista.

El muchacho era precoz. A sus cinco años, marcó 64 goles con el Torito, equipo de su barrio. Dejaba a sus contemporáneos con el ojo cuadrado, mostrando ser un crack desde que empezó a caminar. Un día de inspiración, Angelito metió un gol olímpico de tres dedos y otro con un potente zurdazo que fueron suficientes para vencer 2-1 a una filial del equipo Central. Su actuación no pasó desapercibida para Ángel Zof, uno de los más importantes técnicos rosarinos de la historia. Con siete años de edad, fue fichado por 25 balones para jugar en las inferiores de Rosario Central.

Cuando Angelito había despegado, su madre debía pedalear una vieja bicicleta durante más de una hora todos los días para recorrer las calles del barrio obrero de La Cerámica y recoger a su hijo en el campo de entrenamiento de su nuevo equipo.

Ángel comenzó a soñar en grande. Su clase, velocidad y habilidad para eludir rivales llamaron la atención. El “Fideo”, como fue apodado debido a su escuálida complexión, debutaba en primera a los 17 años; comprendió que el sacrificio tiene recompensas.

Kily González pasó de ser su ídolo a competencia. La banda izquierda debía tener un solo dueño. Su carta de presentación fue fantástica, lo que llevó a vestir los colores de la albiceleste en el Mundial Sub-20 de Canadá. Di María formó parte de una temerosa cantera de jóvenes argentinos, que, sin complejos, arrasó con sus rivales para así conseguir el campeonato. No conformes con eso, un año después viajaron a Pekín para conquistar nuevamente un oro en Juegos Olímpicos.

A partir de ahí su vida cambió por completo. Rusia pintaba como su destino, pero el jugador se echó para atrás. Entonces apareció el Benfica y la ciudad de la luz se convirtió en su nuevo hogar. Atado por sus recuerdos, decidió pensar la oferta; sin embargo, Don Miguel lo convenció con una frase que recordará toda su vida: “El tren pasa un sola vez, hay que subirse y darle para adelante”. Con lágrimas en los ojos, Di María caminó por las calles que un día lo vieron crecer. Recordó sus tardes de gloria en los campos de tierra “El Torito”. Se iba el más valioso integrante de la “Banda de la Perdriel”, pero Di María atendió la nostalgia tatuándosela en el brazo.

Su educada pierna izquierda sedujo los ojos de Florentino Pérez. “Soñaba con jugar en primera, no con el Real Madrid”. Sus palabras fueron claras. Pronto pasó de costar 25 balones de futbol a 25 millones de Euros.

Platón aseguraba que la pobreza no viene dada por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos. Ésta es la historia de Ángel Di María, un niño que entendió el futbol como una pasión y no como un trabajo.